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Volver a la experiencia: lo que una escena cotidiana permite observar

hace 24 horas
4 min de lectura

Actualizado: hace 1 hora

Por Alejandra Bastidas · Coherencia Estructural, observar la experiencia cotidiana.


Son las diez de la noche. Una clienta te escribe para pedirte un cambio. Estás cansado, habías terminado de trabajar y querías descansar. Sin pensarlo demasiado, respondes: «Sí, claro. Lo reviso ahora».


Más tarde aparece una pregunta: ¿por qué acepté si necesitaba parar?


Quizá tengas una explicación conocida: «Me cuesta poner límites». Incluso puedes relacionarla con tu historia, reconocer las situaciones en las que se repite y hablar de ella con claridad.


Esa comprensión tiene valor. Pero dentro de aquel «sí, claro» pudo haber algo que la explicación general todavía no permite distinguir: una tensión, una expectativa, el deseo de hacer bien tu trabajo, el temor a perder la relación con la clienta o la urgencia de terminar cuanto antes con la incomodidad de decidir.


No sabemos de antemano qué participó en esa respuesta. Para acercarnos, necesitamos volver a la escena.


Una escena a un momento concreto en el que algo ocurrió y nuestra experiencia tomó una dirección. Una conversación, un mensaje, una espera, una petición. Puede durar apenas unos segundos.


Su valor está en que nos permite pasar de una descripción amplia sobre nosotros a preguntas que podemos examinar: qué ocurrió, qué alcanzamos a notar, qué interpretamos, qué quisimos hacer y cómo respondimos.

«Me cuesta poner límites» nombra un tema. «Anoche acepté un cambio cuando ya había terminado mi jornada» nos sitúa en un momento. Desde ahí podemos empezar a mirar con más precisión.


Esta diferencia está vinculada a la pregunta que dio origen a mi trabajo de Coherencia Estructural. Cuando presenté mi primer libro, acababa de divorciarme. Había escrito sobre autoconocimiento, perdón, rendición y emociones, y me preguntaba cómo llevar todo eso a la experiencia que estaba atravesando. Cómo hacer que lo comprendido dejara de ser una base de datos y pudiera estar disponible en mi vida.


Aquella pregunta me llevó a prestar atención a la distancia entre comprender algo y poder reconocerlo cuando una situación nos exige responder. Las escenas cotidianas ofrecen un lugar concreto desde el que trabajar esa distancia.

Al volver al mensaje de la clienta, podemos distinguir primero lo que ocurrió externamente. ¿Qué pidió exactamente? ¿Dijo que necesitaba el cambio esa misma noche o eso fue algo que dimos por hecho?

Después podemos atender al significado que apareció: «Si no respondo ahora, pensará que no soy profesional». Esa interpretación podría tener relación con experiencias anteriores. También podría requerir más información. Reconocerla como interpretación permite examinarla, en lugar de confundirla inmediatamente con lo que la otra persona dijo.

También podemos preguntarnos por el cuerpo, la emoción y el impulso. ¿Qué recordamos haber notado? ¿Había tensión? ¿Incomodidad? ¿Ganas de resolver rápido? ¿Alcanzamos a advertir algo antes de escribir?


Estas dimensiones pueden influirse entre sí. No necesitamos imponerles un orden fijo ni encontrar una respuesta para cada pregunta.


Quizá solo recordemos haber mirado la hora y haber aceptado enseguida. Eso delimita lo que hoy podemos observar. El resto puede quedar abierto.

Decir «no pude distinguirlo» conserva una diferencia importante: la que existe entre algo que reconocimos y una explicación que ahora nos parece posible. Si completamos todos los huecos con lo que sabemos sobre nosotros, corremos el riesgo de volver a encontrar siempre la misma historia.


Volver a una escena también permite reconocer matices. Podemos descubrir que queríamos ayudar y necesitábamos descansar. Que valorábamos la relación y nos incomodaba estar disponibles a cualquier hora. Que había varias direcciones participando a la vez.


Ver esa complejidad no decide por nosotros. Quizá aceptemos el trabajo. Quizá propongamos otra hora. Quizá necesitemos revisar un acuerdo con la clienta. La observación puede aportar información para esa decisión, sin convertir una de esas respuestas en la correcta para todas las situaciones.


También importa reconocer las condiciones externas. Puede existir una exigencia excesiva, un acuerdo poco claro o una presión real. Observar nuestra participación permite mirar cómo respondemos a esas condiciones; no las elimina ni convierte todo lo ocurrido en un problema interno.


Hay otra distinción que necesitamos cuidar: revisar una escena después y reconocer algo mientras ocurre son momentos diferentes del trabajo.


Al mirar atrás, pueden aparecer alternativas que entonces no vimos. Sería fácil convertirlas en una acusación: «Tendría que haberlo hecho mejor». Pero la pregunta que nos interesa es más concreta: ¿qué estaba disponible para mí en ese momento y qué solo alcanzo a ver ahora?


La revisión puede ser un punto de partida para la práctica. A medida que volvemos sobre escenas, podemos intentar reconocer señales, interpretaciones o impulsos que antes pasaban inadvertidos. El propósito es explorar si algo de esa observación empieza a estar disponible más cerca del momento de responder. No ocurre automáticamente por haberlo entendido una vez.


Para quienes dirigen, acompañan o sostienen responsabilidades, esta pregunta tiene una dimensión relacional.

Nuestra respuesta llega a otras personas como palabras, tono, silencio, decisiones o compromisos. Una revisión posterior puede ayudarnos a reconocer su efecto y, cuando corresponda, aclarar, reparar o renegociar algo.


Por eso vale la pena detenernos en lo ordinario. Una escena pequeña permite examinar cómo participamos en nuestra vida sin necesitar una conclusión total sobre quiénes somos.

Puedes empezar con una situación reciente y sencilla. Escribe unas líneas a partir de estas preguntas:


  • ¿Qué ocurrió que otra persona también podría haber visto u oído?

  • ¿Qué alcancé a notar en mí y qué estoy interpretando ahora?

  • ¿Qué dije, hice o quise hacer?

  • ¿Qué no pude distinguir?


No necesitas completar todo ni elegir la experiencia más difícil. Una observación breve puede ser suficiente para comenzar.


Tal vez, al volver a aquel «sí, claro», descubras una tensión que habías pasado por alto. Tal vez reconozcas una suposición. Tal vez solo puedas decir: «Acepté deprisa y todavía no sé qué ocurrió en mí».


En cualquiera de esos casos, tienes una escena concreta sobre la que seguir preguntando.

Ahí puede empezar el encuentro entre lo que comprendes y la vida en la que quieres poder reconocerlo.


Si quieres descargar un recurso gratuito para empezar a ver como es trabajar con escenas, aqui: Guía de observación


 
 
 

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